Los medios de comunicación desempeñamos hoy un papel protagónico en el desenvolvimiento de los procesos sociales, culturales y políticos. Por eso es fundamental que de tanto en tanto los periodistas -y, en general, los comunicadores sociales- hagamos un examen de conciencia para saber hasta qué punto estamos contribuyendo o no a mejorar la realidad social y a consolidar una sociedad cada vez más justa, más solidaria y mejor informada.
Conviene repasar una y otra vez las reglas éticas que la prensa independiente debe observar en toda ocasión: difundir sólo la verdad; evitar el sensacionalismo y el sobredimensionamiento de las informaciones; mantener una adecuada separación entre el material estrictamente informativo y las notas editoriales o de opinión; no servir a campañas periodísticas orquestadas en función de un determinado interés personal, económico o sectorial; respetar la privacidad y la intimidad de las personas; no caer en generalizaciones injustas al examinar las consecuencias de un hecho informativo. ¿Nos ajustamos con el rigor debido a esas normas de conducta?
Las que hemos enumerado son sólo algunas de las obligaciones que todo periodista debe respetar si realmente desea desenvolver su actividad en el más alto nivel de honestidad y calidad ética. No está de más recordar que las reglas mencionadas valen tanto para la prensa escrita como para la radio, la televisión y todos los medios de comunicación del campo electrónico.
Por lo demás, los medios de comunicación tienen el deber de respetar determinadas pautas culturales, pues son poleas de transmisión de valores que deben ser conservados y acrecentados. En los últimos tiempos, lamentablemente, se observa -sobre todo en los medios electrónicos- una tendencia creciente al empobrecimiento del idioma y a la pérdida de precisión, de dignidad y de calidad en el manejo de los recursos que nos brinda nuestra lengua, tan potente y tan rica, pero con tanta frecuencia descuidada y maltratada por los comunicadores.
Quienes ejercemos el periodismo independiente debemos practicar permanentemente el sano recurso de la autocrítica. Si aspiramos a ejercer en plenitud la libertad de expresión y la sana crítica, debemos empezar por mostrarnos severos con nosotros mismos; es decir, debemos mirarnos cuidadosamente en el espejo para descubrir nuestras deformaciones, nuestras deficiencias profesionales y las desviaciones en que podamos haber incurrido.
Conviene repasar una y otra vez las reglas éticas que la prensa independiente debe observar en toda ocasión: difundir sólo la verdad; evitar el sensacionalismo y el sobredimensionamiento de las informaciones; mantener una adecuada separación entre el material estrictamente informativo y las notas editoriales o de opinión; no servir a campañas periodísticas orquestadas en función de un determinado interés personal, económico o sectorial; respetar la privacidad y la intimidad de las personas; no caer en generalizaciones injustas al examinar las consecuencias de un hecho informativo. ¿Nos ajustamos con el rigor debido a esas normas de conducta?
Las que hemos enumerado son sólo algunas de las obligaciones que todo periodista debe respetar si realmente desea desenvolver su actividad en el más alto nivel de honestidad y calidad ética. No está de más recordar que las reglas mencionadas valen tanto para la prensa escrita como para la radio, la televisión y todos los medios de comunicación del campo electrónico.
Por lo demás, los medios de comunicación tienen el deber de respetar determinadas pautas culturales, pues son poleas de transmisión de valores que deben ser conservados y acrecentados. En los últimos tiempos, lamentablemente, se observa -sobre todo en los medios electrónicos- una tendencia creciente al empobrecimiento del idioma y a la pérdida de precisión, de dignidad y de calidad en el manejo de los recursos que nos brinda nuestra lengua, tan potente y tan rica, pero con tanta frecuencia descuidada y maltratada por los comunicadores.
Quienes ejercemos el periodismo independiente debemos practicar permanentemente el sano recurso de la autocrítica. Si aspiramos a ejercer en plenitud la libertad de expresión y la sana crítica, debemos empezar por mostrarnos severos con nosotros mismos; es decir, debemos mirarnos cuidadosamente en el espejo para descubrir nuestras deformaciones, nuestras deficiencias profesionales y las desviaciones en que podamos haber incurrido.
La Nacion Line, Argentina.
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