Durante la semana pasada tuve el placer de compartir algunos momentos en Argentina con mi buen amigo Claudio Rodríguez quien, junto a su mujer y su hija, también fue a caminar por las callecitas de Buenos Aires. Y en su calidad de columnista invitado en este blog, ya de regreso en Santiago, escribió el siguiente artículo sobre su experiencia allende los Andes:
Buenos Aires Acondicionados
Por Claudio Rodríguez Morales.
La proyección de esta gran metrópoli sudamericana en la cabeza de Rodríguez estaba directamente relacionada con sus lecturas. Cierta perplejidad ambiental y cotidiana de Julio Cortázar; rincones, cuchillos y compadritos comunicándose, a lunfardo puro, en la laberíntica cabeza del bibliotecario avícola Jorge Luis Borges; la vida como tragicomedia política de dibujos animados a cargo del gordo Osvaldo Soriano; depresiones y obsesiones fantasmales en las cloacas y los subterráneos nacidas en las pesadillas de Ernesto Sábato… y un largo etcétera de autores que fueron dibujando una ciudad en probeta, con cierta semejanza a Valparaíso en clima y espíritu, pero más grandecita. A cambio de todo eso, la familia Rodríguez se topó con una urbe donde el calor y la humedad pueden ser tan sofocantes como el sol de verano de las tres de la tarde del Paseo Ahumada. Aunque con una gran salvedad: los aromas que brotan de las esquinas bonaerenses son más variados (cafés, dulces, carnes, peronismo en flor desde los árboles, gotitas de aire acondicionado desde los cielos, un poco de gases en suspensión para no ser menos…) que el olor a heces fermentada y falta de aseo matutino de algunos habitantes de la ciudad planificada por el Alarife Gamboa. En cuanto a la semejanza con Valparaíso, efectivamente las hay en elementos como los hermosos edificios islas (similares a una rebanada de torta bien cortada), el agua estancada del puerto de La Boca, las calles con adoquines y, lo más importante, el gusto por el tango a cualquier hora del día… El resto es pura y santa diferencia con Valparaíso y sobre todo con Santiago, hasta los tiempos de espera en los tacos del tránsito (mi amigo Meza asegura que es sólo un espejismo debido a que todo el mundo está de vacaciones).
Rodríguez tuvo ante sus ojos una ciudad con notorias y justicialistas ansias de ser más que el resto del Tercer Mundo, cuyo origen trasciende el actual Peronismo Kirchneriano, y se remonta a la época de derroche estatizador del primer gobierno de Juan Domingo Perón y su colosal infraestructura vial y arquitectónica (Rodríguez piensa en políticos chilenos con la misma sintonía contagiosa y megalómana y sólo encuentra leves atisbos en el caudillismo paternalista de Arturo Alessandri y la socialdemocracia regañona de Ricardo Lagos). El nombre del populista milico argentino, junto al de sus mujeres Evita y Estela, resuena en cada esquina de la ciudad, como si se tratara de una nave nodriza a la cual regresar cuando todas las brújulas están rotas (acuso que la frase original corresponde al poeta Pablo de Rokha). Pero, por otro lado, hay un Buenos Aires que se acerca al resto del continente, con decenas de pordioseros en las calles y restoranes, algunos de los cuales, con sus cabellos rubicundos y sus ojos claritos, perfectamente podrían ocupar cargos gerenciales en el clasista y potijunto mundo empresarial chileno y, porqué no, probar suerte delante de las cámaras de nuestros canales de televisión abierta. Esto, por cierto, si cuentan con una asesoría adecuada en el buen vestir que les permita pasar por profesionales con capacitación permanente en el competitivo mundo de hoy…
La inmigración peruana y de otros zonas más “tostaditas”, al igual que en Santiago de Chile, también es una luz y bocina de alerta en las calles porteñas, con la diferencia que el ajetreo la vuelve más anónima y menos amenazante que en nuestra tóxica capital, donde ya es posible oír gritos de adhesión al Fiürer cuando los forasteros y sus costumbres se vuelven “extrañas, sucias y molestas”.
Pero estas líneas no buscan convertirse en un tratado sobre la última chupada del mate en materia de viajes al país más vecino de nuestros vecinos. Simplemente se trata de una visión simplista y banal del recién llegado, del advenedizo ignorante que lanza frases a diestra y siniestra. Asombrado, por cierto, de las infinitas ofertas en libros (ojo, la librería El Libertador de Corrientes con precios tan bajos que dan hipo), los restoranes de “tenedor libre” para llenarse hasta el hartazgo de pizzas, pastas y bifes chorizo, las milanesas (primas de las escalopas chilensis), los panchos (socios en la mafia del colesterol de nuestros nacionalistas completos), mientras se bebe jugos y gaseosas con sabores menos dulces que los diabétizantes bebidas embotelladas por la Coca Cola local o la CCU. En algo hay que expiar las culpas, se conforma Rodríguez
O bien admirar la arquitectura que distribuye, entre medio de tanta abundancia, edificios de un siglo, medio siglo y sólo décadas con cierto equilibrio y buen gusto –detalle ausente, por cierto, en el gran Santiago-, aunque dejando espacio para la marginalidad de las Villas Miserias, las cuales según el Presidente Kirchner son culpa del Fondo Monetario Internacional, del Banco Mundial y sus devotos en Argentina (afirmación recién salida del horno cuando candidateaba a su esposa desde un púlpito en Mar del Plata).
A Rodríguez le queda de recuerdo un país lleno de edificios fiscales que no alcanzaron a ser desmantelados durante la era neoliberal de Carlos Saúl Menem, y donde un barriecito cualquiera, como La Boca sin ir más lejos, alcanza el mote de zona turística, con cientos de chucherías ofrecidas en sus pintarrajeadas esquinas (con precios superiores a las tienda de liquidación de la calle Florida o Corrientes, nunca está demás decir) y bailarinas de tango que no dudan en posar las manos de los turistas sobre sus carnudas nalgas para inmortalizarlas ante el flash de las cámaras digitales, con el correspondiente bochorno de un Rodríguez, tan chapado a la antigua que es este hombre… A eso él agrega la precisión del reciclaje de Puerto Madero, las interminables ferias de las pulgas de San Telmo, las arboledas verdeinfinitas de Palermo y la Recoleta, más y más baratas de libros en el Parque Rivadavia y, por cierto, el sobredimensionado Obelisco, una suerte de Rey Sol de todo el universo bonaerense. Todos estos lugares más bellos aún, cuando se les contempla desde el cómodo asiento reclinable del climatizado bus de la agencia de viajes, porque si se les recorre como peatón, las basuritas se acumulan y acumulan en las aceras más de lo recomendable. “Calcadito a Santiago”, dirá Rodríguez, y su esposa de acuerdo y su hija pidiendo que le compren más dulces, “total acá todo es más barato, poh papi”.
Tan recargado mosaico resulta imposible recorrerlo por completo y dar cuenta de todos sus detalle, por más que se tome el Subte, un trencito destartalado, bullicioso, añoso, pero digno de colección, que cubre buena parte de la ciudad. Rodríguez reconoce que se queda corto en el intento. Y si la familia llega a realizar un segundo viaje a Buenos Aires, lo más probable es que pase lo mismo, y Rodríguez regrese, de nuevo, abarrotado de libros, películas y discos, rogando que el vuelo de regreso no se zangolotee demasiado, porque los lugares comunes también se agotan.

5 comentarios:
Buen artículo! Pero se te olvidó la entrevista.....
Un abrazo
¿Qué entrevista? ¿No me aconsejaste que lo pasara bien? Aún sigo de vacaciones, así que nos vemos a la vuelta.
Saludos.
Buena descripción.
Anduvimos por ahí mismito caballero. Yo llegué hace poco de las mismas cashecitas. Pero Buenos Aires no es Santiago, así que era menos problable que nos encontraramos allá.
saludos, cargados de libros y discos.
muy interesante descripción de baires.
saludos
genial el articulo , enhorabuena
saludos
Publicar un comentario