Aquí tienen otra colaboración de mi buen amigo Claudio Rodríguez (que aún se resiste a tener su propio blog):Tyra carnicera
Si se trata de recursos bajos, esta refinada negrita de América del Norte no dudará en recurrir a ellos. Tal como los torturadores mostrándose comprensivos y buenos antes sus víctimas para luego insistir con sesiones más dolorosas aún, Tyra hace caer redonditas a jóvenes que aspiran a ser como ella. Como frustrado aspirante a artesano, siempre he admirado un buen manejo de la tijera, la edición correcta, el relato justo y preciso. Aún cuando se trate de un basuriento programa televisivo envasado de media tarde que atrapa como la más envolvente de las drogas y sus daños colaterales sean los mismos o tal vez peores que estos consuelos empolvados.
Vamos desde el principio: una cámara sigue los pasos de una niña blanca como la leche, delgada, estilizadamente raquítica y con cara de susto. Porta un bolso más grueso que ella misma y camina con la vista perdida. De vez en cuando su voz en off da cuenta de su ansiedad, del miedo por lo que le espera. Deja el bolso en el suelo, se toma un descanso y respira. Mira hacia las cuatro esquinas de esas calles puntiagudas de Nueva York, sombra de rascacielos, vida de urbe, cosmopolitismo por doquier. Hasta que en una de esas esquinas aparece una limusina de proporciones, con vidrios polarizados. La muchacha sube y parte con destino desconocido. Pero no se espanten, amigos, se trata de un programa para toda la familia, a la hora de once con té, tostadas y mantequilla.
La cámara se traslada dentro del vehículo. Junto a la joven aparecen otras pasajeras que ya habían sido recogidas y otras que se suben en el trayecto. Las hay de todo tipo: rubias americanas, de color, mestizas, descendientes de piel roja, asiáticas, flacas, gordas, pollitas y también unas más señoronas. Todas comentan sus sueños, se miran, se auscultan, se juzgan, se recelan, se aman y se odian. Todo muy rápido. Es la magia de la televisión, como dicen nuestros chantas de la caja idiota.
En una mansión de lujo, llamada academia, son recibidas por la modelo Tyra Banks, una chocolatada Barbie tamaño natural de sonrisa blanquecina y maldad a la altura de su busto y trasero. Entre medio de los tijeretazos de la cirugías, se nota un rostro comprensivo, más unas palabras de bienvenida, la pomada perfecta para quien va camino al matadero: las quiere, partió como ellas mismas, de la nada (no decimos de la calle porque sonaría feo), queriendo conquistar América y el resto del mundo. Suficientes para que sus discípulas lleguen volando bajo a la primera presentación, nada menos que en un portaviones de la marina –símbolo fálico de la violación gringa al resto de las naciones, dirá un amigo sicoanalista izquierdoso-, donde tendrán que modelar para la tripulación. Se prueban ropa, se miran al espejo, salen a la pasarela. Tiritan, se tambalean, ríen y lloran de nervios, apuestan por ser alguien, ojalá lo más parecido a Tyra, la gran American Top Models (también tuvieron tiempo para descuerarse en una cena de presentación, fijándose en quién no sabe usar los servicios, quién come con la boca abierta y quién engulló más pan de lo debido). Luego son juzgadas por Tyra y su corte: modelos maduronas y perversas, más afeminados también perversillos y displicentes. Todo mal para las chicas. Les dicen que no saben nada. Peor aún, que no son nada. Las culpan hasta por sus rasgos físicos: estás para película porno, no sirves para lucir ropa sino para quitártela, mírate, pareces un perrita en celo…
Y así van por su segunda oportunidad. Una sesión de fotos con profesionales de primera línea. La limusina sale a la hora con todas listas, bañaditas y perfumadas. Pero cuidado: falta una muchacha. Nadie la vio, nadie dijo nada, yo no le avisé, cada una es responsable de si misma, si esto le va a pasar después cuando sea profesional, en el modelaje nada se perdona y un infinito rosario para justificar la indolencia. Optan por guardar un silencio cómplice ante el chofer y seguir adelante. También callan cuando el fotógrafo las interroga por la desaparecida, falsamente preocupado.
Tras unos minutos de tensión, la cámara se traslada a la academia: la muchacha despierta, mira el reloj, recorre la casa vacía, sólo la acompaña su desamparo. Se percata de su pecado, llora, corre, habla por teléfono. Llega con más de media hora de retraso a la sesión de esa siutiquería llamada cuerpos pintados. Soporta la humillación de sus compañeras (yo fui buena con el resto, porqué me hicieron esto, se pregunta) y, por cierto, la reprobación de los profesionales de Tyra. Candidata segura para abandonar la academia, se comenta entre bambalinas. El circo romano sigue y nada está definido. Una a una van desfilando las muchachas ante los jueces y los defectos saltan a borbotones. La dormilona en la cuerda floja. Salvo por una americana madre de familia que, por respeto a su esposo y a su hija, no quiso desnudarse y sesionar para cuerpos pintados. Todo el jurado molesto con ella. Nadie se da el lujo de semejante afrenta en la academia de Tyra. No hay puritanismo americano que valga. La Black Top Model sonríe y prepara su sentencia, mientras su corte la celebran. Dueña y señora despacha a la madre americana. La dormilona se salva con una buena advertencia.
Delicioso bocados para almas fascistas neoliberales como las nuestras. Cien por ciento recomendable.
5 comentarios:
Wow, ¿y dónde dan ese programa?
Voy a ocupar este espacio para saludarte en el día del periodista, Felicidades!
Sí, el programa es así. Reconozco que me he quedado pegada viéndolo. Está muy bien hecho y a veces sale a relucir la maldad del ser humano. Parece que eres fanático.
Un programita para el Obispo Goic
Por favor, amigo bloguero, saca a Flores por lo que más quieras. Tanto ego ocupa toda la pantalla y se corre el riesgo de que escupa virus por todo el computador.
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